Los ejemplos más acabados de los denominados peajes urbanos comenzaron a funcionar en 2003 en Londres y en 2006 en Estocolmo (en la foto, uno de los puntos de control de la capital sueca). La filosofía era muy clara: las ciudades habían sido pensadas hacía demasiado tiempo y no podían soportar más el asedio del creciente volumen de tráfico; los ciudadanos no tenían porqué vivir con el nivel de contaminación al que estaban siendo sometidos.
Como la prohibición completa se antojaba una medida demasiado radical, las aludidas y algunas otras ciudades optaron por imponer los denominados peajes urbanos. En el caso de Londres, entrar en la zona delimitada cuesta 10,2 euros diarios. A pesar de las críticas previas, la reducción del tráfico interior ha sido tal que le valió al alcalde Livingston su reelección.
En Estocolmo se hizo la prueba hace dos años y sigue funcionando en la actualidad. Allí se tarifa por entradas en la zona limitada y se paga entre 1 y 4 euros dependiendo de la hora del día; y hasta un máximo de 6 euros se entre y salga cuantas veces se quiera.
Aunque se dan todas las facilidades para pagar: en tiendas adheridas al sistema, por internet, desde el móvil, etc... la circulación de vehículos de entrada ha descendido considerablemente.
En ambos casos, como es lógico, la reducción de emisiones en el interior de la ciudad se ha reducido de forma importante.
Los suecos necesitaron tres años para implementar todo le necesario para realizar la prueba piloto en Estocolmo. Si, como parece, por ahí se apunta el futuro más eficaz en la reducción de las emisiones urbanas, no estaría de más que alguien en ciudades como Madrid o Barcelona se pusiera a trabajar ya en ello.

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